Existe una especie de hormigas, scribimyrmex scribens, cuyo misterio no es menor a la aparición de los signos que llamamos letras. Su peculiar característica es que, a su paso, dejan unas manchas muy parecidas a las sinuosidades árabes que producen esa magia visual, como si no necesitaran, siquiera, ser comprendidas. Un mirmecófilo —quien escribió este libro lo es— entiende los hábitos de esta rara especie: trabajan antes que el sol revele sus caminos signados, recorren largos trayectos y se diría que guardan los misterios de la vida en las páginas de arena que dejan al final de su jornada. ¿Por qué hablar de ellas? Porque en estas Prosas el verbo hormiguear cobra un nuevo sentido — de querer profundizar el asunto evocaríamos al pueblo de los mirmidones y esa Brava Hormiga llamada Aquiles—. Hormiguear es verlo todo en todas las dimensiones, ser una cosa y otra, insuflar la vida como hizo Basho al convertir un pimiento en libélula. Hormiguear es atravesar estas páginas llenas de feromonas, con las antenas excitadas —cuidado con los pensamientos procaces—. Incluso al señor Maeterlinck se le escapó este nombre de scribimyrmex scribens. ¿Puede considerarse esta especie el eslabón para entender la guía histórica que nos llevó desde la A hasta la Z? En este libro se descubren ciertos secretos y es mejor seguir sus instrucciones al pie de la letra. La metamorfosis es la opción más puntual para seguir un método poético.
Y si tú, elefante, no has perdido el ojo en un hormiguero, no sabrás cuál es el verdadero interior de la divinidad.


